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2011-05-03 17:52:51
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Campesino
A Agustín Romero Beltrá no le gustaban las mascotas. Tenía cinco perros; Guapa, Pelanas, Chuk, Nena y Dulce; ocho gatos, cinco de ellos crías, dos canarios y un gafarrón. Cuando tenía mucho trabajo en su campo se levantaba a las cinco para ir a darles de comer. También tenía conejos y gallinas que eran las delicias de su mesa. Esos eran sus animales, que no mascotas.
Mr. Patrik Sweland había sido piloto, bueno, sobrecargo, pero a él le gustaba llamarse piloto. Tras su retiro había comprado una casita en España pensado en el sol y en la paz de una idílica imagen creada exprofeso para todos los pilotosobrecargos como él. Pero no le habían salido las cosas según sus planes. En el aeropuerto, tres meses antes, le habían desparecido las maletas, los precios de los profesionales a los que había tenido que llamar para adecentar su inacabada casita distaban mucho de poder llamarse justos, y el insoportable calor húmedo del mes de mayo, impedía a sus pulmones cumplir con la función para la que estaban siendo mantenidos setenta y cinco años ya. El color del cristal de su ventana era beige, a malas penas un rincón de la parcela daba una tonalidad verde por las hierbas crecidas de las escasas lluvias del mes de abril bajo un margen umbroso.
Esa mañana Agustín Romero Beltrá fue a coger hierba para sus conejos, Antonio, el vecino del campo, le había dicho por la tarde que en la casa del inglés había un rincón lleno de citrones, bayas, y linsones. Que el inglés no limpiaba la parcela y se lo iban a comer las malas yerbas. Era una casa vacía en sus alrededores, nada plantado, nada verjado; un edificio de nueva construcción, frío, sin alma, en el centro de esa nada.
No llevaba medio saco lleno cuando, sin mirar, como ven los viejos las cosas, supo que el ingles venía, le daría los buenos días y le agradecería que limpiara aquello, como siempre hacían los vecinos de esa zona nueva cuando les limpiaba la hierba, pero ¡nunca venían con cien duros no!, eso no.
Mr Patrik Sweland oyó los ruidos y vio a Agustín llegar. La noche anterior ya le habían destrozado una parte de su jardín. Esta vez no le harían más mal a su jardín.
Salio de la casa con la esperanza de que el vándalo se marchara corriendo al verle llegar, pero mientras se acercaba advirtió que el hombre no hacía caso de su actitud amenazadora.
Agustín esperaba que llegase a su lado para levantarse, no era necesario dejar la faena por cortesías de ricos, de todas formas el no hablaba ingles y el ingles no había hablado español aún en el pueblo que se supiera. Poco tendrían que decirse. Ninguna falta hacía comunicarse, estaba todo claro.
¿Por qué no se va? Me ha visto andaba pensando Mr.Sweland.
Cuando descargó el golpe mortal supo que había matado a un buen hombre, la mirada que quedó en los ojos abiertos de Agustín le contó su vida sin rencor, sincera, sorprendida. No supo entender porque aquella persona dedicaba sus noches a destrozar los jardines de los demás, pero entendió que algo no funcionaba correctamente.
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